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Estimados maestros de la Escuela Católica de América, un cordial saludo de la Confederación Interamericana de Educación Católica – CIEC.

La escuela, y en general las instituciones educativas, están replanteando su rol social, sus funciones y su misma misión a la luz de las nuevas realidades. En otras palabras, no podemos seguir pensando, como hace unas décadas, en que la escuela o la universidad son los espacios privilegiados para la socialización de los niños y los jóvenes; tampoco que son los únicos proveedores y comunicadores del conocimiento, ni mucho menos que agoten las posibilidades educativas que la sociedad contemporánea requiere. Sin embargo, la escuela formal sigue siendo predominante. Por eso, una reflexión necesaria es pensar que la escuela o la universidad católica es primero escuela. Y si no la dejamos ser lo sustantivo, poco importaría lo adjetivo. Y no pienso en lo adjetivo como calificativo peyorativo o accesorio, sino que solo puede prosperar en cuanto el sustantivo permita ser lo que es, y le dé importancia capital a lo que es constitutivo.

En pocas palabras, la escuela tiene que ofrecer calidad acorde con las expectativas actuales y renovarse en sus modelos pedagógico, prácticas, propuestas curriculares, metodologías, contenidos e intencionalidades. Sobre una propuesta de escuela contemporánea e innovadora se construye la escuela católica donde la propuesta axiológica, el modelo formativo, la educación de la fe, el espacio evangelizador, la frescura del Evangelio, la fraternidad y la libertad tienen la posibilidad deflorecer y enraizar, y le dan la impronta que tiene el poder de educar la fe y en la fe para posicionarse en los contextos con la vida de la Iglesia y su propuesta humanística que, como bien propone el Pensamiento Social de la Iglesia, el cristianismo bien puede ser concebido como un humanismo pleno, abierto al Absoluto.