Oscar A. Pérez Sayago
Director General
Confederación Interamericana de Educación Católica
“Paz desarmada y desarmante” en León XIV es una expresión que describe el estilo propio de la paz de Cristo: una paz que no se apoya en las armas ni en la lógica de la fuerza, y que al mismo tiempo tiene capacidad interior de desactivar la violencia y el odio en las personas y en los pueblos.
Paz desarmada
- Es una paz que no se sostiene en el miedo, la amenaza, la disuasión armada ni la carrera de armamentos, sino en la confianza, la justicia y el derecho.
- Nace del modo como Jesús hace la paz: sin recurrir a la violencia, renunciando a “ganar” por la fuerza y confiando en el poder de la entrega, la misericordia y el perdón.
- Implica optar por caminos no violentos: diplomacia, diálogo, cooperación internacional, respeto a los derechos humanos, en vez de buscar seguridad en bombas, ejércitos o amenazas.
- A nivel personal, supone desarmar en uno mismo el impulso a dominar, humillar o “aplastar” al otro, y aprender a afrontar los conflictos desde la escucha, el reconocimiento de la verdad y la reparación.
Un ejemplo: un país que, en lugar de aumentar su gasto militar ante una tensión fronteriza, apuesta por mediaciones internacionales, acuerdos verificables y proyectos compartidos con el vecino, está buscando una paz “desarmada”.
Paz desarmante
- “Desarmante” señala el efecto: esta paz, vivida con humildad y perseverancia, tiene fuerza para “desarmar” al adversario, es decir, para desmontar sus miedos, resentimientos y deseos de venganza.
- No vence al otro por superioridad de fuego, sino que lo conmueve y lo transforma: desactiva la lógica amigo–enemigo, rompe la espiral de respuesta violenta y abre la posibilidad del encuentro.
- Se apoya en la fragilidad asumida, en la ternura, la cercanía a las víctimas, la verdad dicha sin odio, la capacidad de pedir perdón y perdonar; todo eso, dice el Papa, es una fuerza espiritual y social que “vence” la violencia sin imitarla.
- Requiere el “desarme del corazón”: dejar las armas interiores (odio, desprecio, fanatismo, manipulación de la palabra), para que también puedan caer las armas exteriores.
Ejemplo: comunidades que, tras sufrir ataques o discriminación, eligen organizar gestos públicos de oración, escucha de las víctimas y espacios de diálogo con quienes piensan distinto, en vez de responder con linchamientos mediáticos o violencia física; esa actitud va desarmando la hostilidad del entorno.
Para León XIV, esta paz es “sagrada”, porque brota de Dios, que ama a todos sin exclusión, y se ofrece como presencia real en la historia, no como una utopía ingenua.
Es, a la vez, presencia y camino: ya está actuando en quienes trabajan por la reconciliación, pero pide decisiones concretas de desarme del corazón, de las estructuras y de la política internacional.
Supone pasar del “equilibrio del miedo” (la paz basada en amenazas) a una seguridad fundada en la confianza mutua, el derecho internacional, la cooperación y el cuidado de los más débiles.
En conclusión, es una paz que no lleva armas y, precisamente por eso, tiene el poder de hacer que otros las dejen, comenzando por las que cada uno guarda en su propio corazón.




