Oscar A. Pérez Sayago
Director General
Confederación Interamericana de Educación Católica
1. Revisar y sanar las propias heridas.
Los adultos “se desarman” cuando reconocen su propio dolor, estrés y frustraciones, para no descargarlo en forma de gritos, golpes o silencios fríos sobre los hijos. Tomarse en serio el descanso, la salud mental y la oración/meditación (según la fe de la familia) es un acto de paz interior que reduce la violencia doméstica latente. Esta clave es la base: nadie puede desarmar a otros si vive permanentemente armado por dentro.
2. Cuidar el tono y el contenido de la palabra.
No basta con “no pegar”; los insultos, comparaciones hirientes y burlas también son armas. Desarmar las palabras es hablar con firmeza pero sin humillar, corregir sin etiquetar (“eres un desastre”) y evitar amenazas (“si sigues así, no te voy a querer”). Una comunicación desarmada es clara, respetuosa y busca construir, no ganar la discusión.
3. Practicar la escucha que acoge.
En muchas casas se habla mucho y se escucha poco. Construir paz desarmante implica que los hijos tengan espacios donde puedan contar lo que sienten y piensan sin ser ridiculizados ni interrumpidos. Hacer preguntas abiertas (“¿qué fue lo que más te dolió hoy?”, “¿qué te hizo enojar?”) y aguantar la tentación de dar sermones inmediatos ayuda a desactivar la agresividad acumulada.
4. Tratar el conflicto como oportunidad.
Los conflictos entre hermanos, entre padres e hijos, son inevitables. La diferencia está en cómo se tramitan: o con castigos, rencores y venganzas, o con procesos de reconocimiento y reparación. Una familia que busca paz desarmada pregunta siempre: ¿qué pasó?, ¿a quién se hirió?, ¿cómo reparamos?, ¿qué podemos aprender para la próxima? Así se cambian peleas por aprendizajes.
5. Sustituir castigo humillante por reparación.
En lugar de castigos que solo generan miedo (gritos, golpes, castigos desproporcionados o públicos), la familia puede usar consecuencias reparadoras: pedir perdón de manera concreta, ayudar a quien se dañó, colaborar en tareas, escribir una carta, renunciar a algo valioso por decisión propia. Esto enseña que el mal no se “paga” con más mal, sino con bien que repara.
6. Construir acuerdos familiares.
La paz desarmante también se juega en cómo se deciden las normas. Es distinto imponer reglas “porque sí” que construir acuerdos juntos: horarios de pantallas, modos de hablarse, formas de pedir las cosas, qué pasa cuando hay falta de respeto. Sentarse en familia a redactar pocos acuerdos claros y revisarlos periódicamente hace que todos se sientan parte, no enemigos del orden de la casa.
7. Modelar respeto en la relación de pareja y entre adultos.
La primera escuela de paz de un niño es cómo ve tratarse a los adultos de la casa. Si entre pareja hay insultos, desprecios o violencia, el mensaje real es que la fuerza manda. Una paz desarmada exige que los adultos se hablen con respeto, que no se descalifiquen delante de los hijos y que busquen ayuda cuando el conflicto los desborda. Lo que los hijos ven entre adultos los desarma o los arma para toda la vida.
8. Vivir una esperanza comprometida.
Finalmente, la familia puede ser un lugar donde no solo se critican las noticias y la violencia del país, sino donde se creen y se practican pequeñas alternativas: gestos de solidaridad, servicio a otros, oración por quienes sufren, participación en iniciativas comunitarias de paz. Esa esperanza activa, que no se resigna, desarma el cinismo de los niños y adolescentes (“todo es igual, nada cambia”) y les muestra que es posible vivir de otra manera empezando en casa.




