Oscar A. Pérez Sayago
Director General
Confederación Interamericana de Educación Católica
- Dignidad primero.
Cada niño, niña y adolescente es un don de Dios y nunca debe ser tratado como objeto, número o problema; su dignidad es el criterio de toda decisión educativa.
- Cultura de cuidado.
La protección no es un documento aislado, sino una manera de convivir, enseñar, corregir y acompañar con respeto, cercanía y firmeza.
- Entornos seguros.
La escuela debe garantizar espacios físicos, emocionales, relacionales y digitales donde no haya lugar para el abuso, la humillación ni la intimidación.
- Adultos formados.
Docentes, directivos, personal y voluntarios necesitan formación continua para prevenir riesgos, detectar señales de alerta y actuar correctamente ante una sospecha.
- Protocolos claros.
Toda comunidad educativa debe conocer rutas de actuación simples, visibles y confiables para denunciar, proteger, acompañar y derivar casos.
- Escucha activa.
Proteger también significa escuchar a la infancia y a la juventud, creer en su palabra, tomar en serio sus señales y abrir canales seguros de comunicación.
- Acompañamiento integral.
No basta con sancionar el daño; es necesario sostener procesos de sanación, orientación, apoyo psicológico y acompañamiento pastoral para víctimas y familias.
- Corresponsabilidad.
La protección es tarea compartida entre escuela, familias, parroquia, estudiantes, comunidad e instituciones de apoyo; nadie debe quedar aislado ante el riesgo.
- Vigilancia digital.
En la era de la inteligencia artificial y las redes sociales, la escuela debe educar en uso responsable, límites de edad, control parental y prevención de captación o explotación.
- Justicia y prevención.
La escuela católica debe actuar con cero tolerancia ante cualquier forma de violencia, abuso o encubrimiento, y al mismo tiempo fortalecer hábitos, vínculos y normas que prevengan el daño.




