Oscar A. Pérez Sayago
Director General
Confederación Interamericana de Educación Católica
Las tres claves que propongo pueden convertirse en un pequeño “itinerario” de desarme interior: cómo me muestro, cómo hablo y cómo gestiono lo que duele o me molesta.
1. Vulnerabilidad y autenticidad.
Desarmarse interiormente empieza por dejar de fingir que no nos equivocamos. Reconocer errores, pedir perdón y hablar desde lo que sentimos (en vez de escondernos tras excusas o culpas) abre un espacio de confianza, empatía y reparación.
Ser vulnerable no es exponerlo todo sin criterio, sino atreverme a decir “me equivoqué”, “esto me dolió”, “necesito ayuda” sin disfrazarlo de ironía o dureza. Esta honestidad reduce la defensiva propia y ajena y es la base para relaciones más pacíficas, también en el aula o en la familia.
Ejercicios breves posibles:
- Al final del día, identificar un error y formular cómo pediría perdón por él.
- Compartir con alguien de confianza una emoción difícil sin justificarla ni culpar.
2. Cuidado del lenguaje.
El lenguaje es uno de los primeros lugares donde se nota si estamos armados o desarmados. La Comunicación No Violenta propone observar los hechos sin juicios, expresar sentimientos reales, reconocer necesidades y hacer peticiones claras en lugar de atacar o etiquetar.
Desarmar el lenguaje implica: bajar el volumen (sin gritos), evitar insultos, generalizaciones (“siempre”, “nunca”) y etiquetas (“eres insoportable”), y pasar a frases del tipo “cuando ocurre X, me siento Y y necesito Z; ¿podemos…?”. Al hablar así, disminuye la escalada del conflicto y crece la posibilidad de comprensión mutua.
Pequeños cambios concretos:
- Cambiar “tú me haces…” por “yo me siento…”
- Preguntar: “¿cómo lo ves tú?” antes de cerrar una discusión.
3. Gestión serena del conflicto.
El conflicto no desaparece con el desarme interior, pero cambia la forma de vivirlo. Educar y educarnos en regulación emocional (reconocer lo que siento, poner nombre, darme un tiempo antes de responder) permite no actuar desde la rabia inmediata, sino desde la calma.
Prácticas sencillas: respiraciones profundas, “tiempos fuera” conscientes, rincones de calma o pausas breves antes de responder por escrito u oralmente ayudan a rebajar la intensidad emocional. Desde ahí podemos dialogar, negociar y buscar acuerdos, desarrollando empatía, asertividad y pensamiento sobre las causas y consecuencias del conflicto.
Una mini-secuencia ante el conflicto podría ser:
- Me doy cuenta de lo que siento (rabia, miedo, frustración).
- Hago una pausa reguladora (respiro, me retiro un momento).
- Expreso lo que pasó y lo que necesito con lenguaje respetuoso.
- Escucho la versión del otro y busco una salida que cuide a ambas partes.




