Oscar A. Pérez Sayago
1. Educación integral desde la fe franciscana y mariana
Madre Clara comprendió la educación como un proceso que debía unir el saber académico con la formación espiritual y moral. Inspirada en la espiritualidad franciscana, promovió un estilo de enseñanza marcado por la sencillez, la fraternidad y el amor a la creación. Desde su carisma mariano, buscó que cada estudiante aprendiera a vivir con humildad y confianza en Dios, integrando la fe en la vida cotidiana. De esta manera, la escuela se convirtió en un lugar donde se cultivaban tanto las ciencias y las artes como la vida espiritual y la práctica de los valores evangélicos.
2. Promoción de la mujer como sujeto educativo y social
En una época en la que las mujeres tenían acceso limitado a la educación, Madre Clara fue pionera al abrir espacios de formación para niñas y jóvenes. Su obra reflejó una clara opción por ofrecerles oportunidades de aprendizaje que fortalecieran su dignidad y su papel en la sociedad. Con visión profética, entendió que educar a la mujer significaba educar a la familia y a la comunidad. Así, su legado no solo enriqueció la vida religiosa femenina, sino que también generó una nueva conciencia sobre el valor transformador de la mujer en el ámbito social y eclesial.
3. Pedagogía de la sencillez, el servicio y la solidaridad
La propuesta educativa de Madre Clara estuvo impregnada de su experiencia vital y de su sensibilidad hacia los pobres y marginados. Su pedagogía respondía a las realidades concretas de su tiempo, privilegiando una enseñanza práctica y cercana a la vida. El conocimiento debía ponerse al servicio de la sociedad, especialmente de los más necesitados. Así, la educación que impulsó no fue elitista, sino inclusiva y comprometida, mostrando que la escuela católica debía ser un espacio de fraternidad y esperanza para quienes carecían de oportunidades.




