Oscar A. Pérez Sayago
Secretario General
Confederación Interamericana de Educación Católica
1. El Evangelio da la identidad y el horizonte
El Evangelio no es un simple referente moral, sino la fuente de identidad que otorga a la escuela católica su razón de ser. Cristo es el Maestro y la Buena Noticia ilumina todas las dimensiones de la vida escolar: desde la enseñanza académica hasta la convivencia, desde la gestión institucional hasta el cuidado de cada persona.
El horizonte evangélico no se limita a transmitir valores, sino que proyecta una visión integral del ser humano: llamado a la dignidad, la fraternidad y la esperanza. La educación, así, se convierte en un acto de discipulado y misión, en donde cada materia, cada encuentro y cada proyecto pedagógico tiene como telón de fondo la invitación a “vivir en plenitud”.
Una escuela con identidad evangélica forma ciudadanos comprometidos con el bien común, con la justicia y la paz, y con una profunda sensibilidad hacia los más vulnerables. El Evangelio es brújula y motor, horizonte de sentido y garantía de autenticidad.
2. La Tradición de la Iglesia asegura continuidad, comunión y fidelidad
La escuela católica no camina sola ni improvisa su camino: se inserta en una Tradición viva de la Iglesia, que durante siglos ha acompañado la formación de generaciones enteras. Esta tradición no es estática ni repetitiva, sino dinámica, porque se enriquece en el diálogo con las culturas, los contextos y los desafíos de cada tiempo.
Gracias a ella, la escuela mantiene la comunión eclesial, asegurando fidelidad a la fe y coherencia con el Magisterio, pero también apertura a la renovación que el Espíritu suscita. La tradición conecta a las escuelas actuales con las de ayer y con las del mañana, permitiendo una continuidad pedagógica y espiritual que refuerza la identidad.
En este sentido, la tradición es memoria agradecida, custodia de la fe y compromiso con la unidad. Garantiza que la escuela no sea un proyecto aislado, sino parte de un tejido eclesial y comunitario que la sostiene, la orienta y la proyecta hacia el futuro.
3. El aporte de los fundadores religiosos aporta creatividad, pedagogías concretas y pasión por educar
La tercera raíz es el legado de los fundadores de las congregaciones religiosas, hombres y mujeres que, inspirados por el Espíritu, transformaron la historia con intuiciones educativas concretas. Cada fundador supo leer los signos de su tiempo y responder con creatividad: nuevas pedagogías, métodos innovadores y un ardor misionero que sigue inspirando hoy.
De San Juan Bosco a Santa María Mazzarello, de San Marcelino Champagnat a Santa Angela Merici, de San Ignacio de Loyola a Santa Magdalena Sofía Barat, todos dejaron una huella pedagógica cargada de espiritualidad y pasión. Sus carismas no son reliquias del pasado, sino fuerzas vivas que siguen animando a la escuela a innovar y transformar.
El aporte de los fundadores asegura que la escuela católica no caiga en la rutina ni en la repetición mecánica, sino que mantenga viva la pasión por educar, adaptándose a nuevas realidades, buscando nuevas metodologías y ofreciendo un estilo educativo con rostro humano y alma espiritual.
Conclusión
Estas tres raíces —el Evangelio, la Tradición de la Iglesia y el aporte de los fundadores— forman un trípode que da identidad, solidez y dinamismo a la escuela católica. No se trata de elementos decorativos, sino de cimientos que sostienen y al mismo tiempo impulsan hacia adelante.
Gracias a ellas, la escuela católica no solo custodia un legado, sino que se proyecta al futuro con creatividad y fidelidad, ofreciendo a niños y jóvenes una educación que forma la mente, el corazón y el espíritu, siempre con la mirada puesta en el horizonte de esperanza del Reino de Dios.




