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El verdadero riesgo de la IA: un mensaje para padres de familia – Ed. 156

El verdadero riesgo de la IA: un mensaje para padres de familia - Ed. 156

Oscar A. Pérez Sayago
Director General
Confederación Interamericana de Educación Católica

La inteligencia artificial ya forma parte de la vida de sus hijos. Está en sus tareas, en sus búsquedas, en sus conversaciones y en su manera de aprender. Pero el verdadero desafío no es la tecnología en sí misma. El verdadero desafío es lo que puede pasar con nuestros hijos si, sin darnos cuenta, dejamos de acompañar su crecimiento humano.

No es que la IA piense. El riesgo es que nuestros hijos dejen de pensar por sí mismos, que se acostumbren a respuestas rápidas sin cuestionarlas, sin analizarlas, sin buscar la verdad.

No es que la IA escriba. El riesgo es que dejen de crear, de imaginar, de expresar lo que sienten y viven, perdiendo su voz propia.

No es que la IA enseñe. El riesgo es que nosotros dejemos de educar. Ninguna herramienta puede reemplazar el diálogo en casa, el ejemplo, los valores que se transmiten en la vida cotidiana.

No es que la IA responda. El riesgo es que dejen de preguntar, de asombrarse, de tener curiosidad por el mundo y por la vida.

No es que la IA resuelva. El riesgo es que eviten el esfuerzo, que pierdan la capacidad de perseverar ante las dificultades.

No es que la IA conecte información. El riesgo es que no aprendan a comprender, a reflexionar, a dar sentido a lo que viven.

No es que la IA acompañe. El riesgo es que se debiliten los vínculos reales: la conversación en familia, la amistad, el encuentro cara a cara.

No es que la IA sugiera. El riesgo es que pierdan la capacidad de decidir con criterio, de discernir entre lo que está bien y lo que no.

No es que la IA personalice. El riesgo es que no lleguen a conocerse profundamente, que vivan en función de lo inmediato y no de lo esencial.

No es que la IA optimice todo. El riesgo es que pierdan el valor del silencio, de la contemplación, de detenerse a mirar la vida con profundidad.

Y no es que la IA sienta. El riesgo es que nuestros hijos dejen de sentir: que se vuelvan indiferentes, que les cueste empatizar, que no se conmuevan ante el dolor del otro.

Por eso, más que controlar la tecnología, estamos llamados a formar el corazón y la mente de nuestros hijos. A enseñarles a pensar, a amar, a discernir, a esforzarse, a vivir con sentido.

La inteligencia artificial puede ser una gran herramienta. Pero nunca sustituirá lo más importante: la presencia, el amor y el testimonio de una familia que educa.

Ahí está la clave. Ahí está nuestra misión.

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