Al comentar la condena a muerte de Jesús en la homilía de la misa de clausura de su viaje a Mónaco, León XIV condena «la actuación oculta de las autoridades poderosas, dispuestas a matar sin escrúpulos». «¿No es eso lo que ocurre hoy?», afirma, señalando al «poder y al dinero» como ídolos que ciegan y esclavizan, degradando la «riqueza en codicia y transformando la belleza en vanidad».
Por: Edoardo Giribaldi – enviado a Mónaco
En la parte trasera de las camisetas de algunos fieles en el Estadio Louis II de Mónaco, donde el Papa León XIV preside la misa de clausura de su viaje apostólico al Principado, está impresa la inscripción Daghe Munegu. En la lengua local: «¡Ánimo, Mónaco!». Una exhortación para el equipo de fútbol monegasco, a menudo acompañada del lema del propio Principado: Deo Juvante, «Con la ayuda de Dios». Quizás sea precisamente a través de este deseo como se pueden seguir buscando resquicios de luz, lejanos, sí, pero siempre superiores a las que el Pontífice define como las «visiones cortas» de quienes ensangrientan el presente y se «atiborran» de ídolos, de «pequeñas ideas», de «un poder que se ha convertido en dominio», de una riqueza «que degrada en codicia», de una belleza «maquillada en vanidad».
El «cálculo político» de una sentencia de muerte
El cambio al horario de verano tendrá lugar esta noche, pero la tarde monegasca regala, hasta el final de la celebración, destellos de sol que se reflejan en las banderitas blancas y amarillas, los colores del Vaticano, y en las rojas y blancas, los del Principado. Iluminadoras, por crueles que sean, son las palabras del Evangelio proclamadas durante la celebración. La condena a muerte de Jesús es una «voluntad precisa y meditada». Nace de «un cálculo político» basado en un miedo absurdo, pero con una lógica inquietante desde la perspectiva del apego al poder: ver «una amenaza» en aquel que transforma «el dolor del pueblo en alegría», afirma León XIV en su homilía, en francés.
La visión distorsionada de los jefes religiosos y los doctores de la Ley
Dar y devolver la existencia, como ocurrió con Lázaro, ante cuya tumba se conmovió el Señor. Él, «que vino al mundo para liberarnos de la condena de la muerte, es condenado a muerte». El Papa reconoce, pues, la distorsión en las acciones de los jefes religiosos y los doctores de la Ley, que llegan a violar la más elemental de las prescripciones: «no matarás».
El nombre de la omnipotencia: misericordia
Las palabras de la homilía resuenan en un silencio inusual para un recinto deportivo que, más allá del fútbol, ha sido testigo de hazañas récord: desde Usain Bolt hasta la saltadora de pértiga Elena Isinbayeva. Frases y expresiones que cuestionan «la insistencia del mal» de hoy, los «sepulcros de los que Dios siempre nos rescata», ofreciendo nuevas perspectivas: el poder transformado en servicio, según la forma de entenderlo de Jesús, que da un nombre preciso a su omnipotencia: «Misericordia».
Las «pequeñas ideas» de las que tantos se atiborran
El Papa se detiene luego en el concepto de «liberación», principio de la obra divina, tal y como se afirma en la primera lectura del profeta Ezequiel. Un itinerario «de conversión», como el de la Cuaresma, y «envolvente», no privado. Este presupone el distanciamiento de todo aquello que «esclaviza el corazón», lo compra y lo corrompe. Del ídolo, en su raíz etimológica de «pequeña idea», es decir, una «visión reducida, que empequeñece no solo la gloria del Todopoderoso, transformándolo en un objeto, sino también la mente del hombre».




