La educación para una paz desarmada y desarmante no es una opción accesoria, sino una urgencia histórica que interpela profundamente la misión de la escuela católica en nuestro tiempo.
En un mundo herido por múltiples formas de violencia visibles e invisibles, estructurales y culturales, la educación está llamada a convertirse en un espacio privilegiado de transformación. No basta con transmitir conocimientos ni formar competencias técnicas: hoy, más que nunca, estamos convocados a educar conciencias capaces de desarmar el corazón humano y de reconstruir los vínculos sociales desde la fraternidad.




