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Apuntes para revisar la Pastoral: Sembrar los valores evangélicos en la educación

Apuntes para revisar la Pastoral: Sembrar los valores evangélicos en la educación

Por: Antonio Pérez Esclarín  ([email protected])
@antonioperezesclarin  www.antonioperezesclarin.com.

En estos tiempos de incertidumbre y modernidad líquida,  fuerte relativismo ético, postverdad y creciente postcristiandad; tiempos de una muy compleja crisis humanitaria,  donde la propuesta de Jesús aparece como  una propuesta contracultural, debemos plantearnos con valor el objetivo de la educación católica y atrevernos a revisar nuestra propuesta pastoral y qué tipo de espiritualidad la sostiene y alimenta. El reto que hoy se nos plantea es cómo presentar la fe de un modo vital, de modo que suponga una auténtica conversión que se traduzca en un cambio radical de vida, según la propuesta de Jesús: cambio de actitudes y valores como camino para  una vida feliz. En consecuencia, la pastoral no puede limitarse a preparar y organizar grupos juveniles, convivencias, retiros, celebraciones y práçticas religiosas y  sacramentales,  sino a presentar la fe como una opción personal, que lleve a “gritar el evangelio con la vida”, a ser testigos hoy de Jesús y su propuesta de cambio radical de valores, a proponer la revolución profunda del corazón. Hoy no es suficiente enseñar la doctrina cristiana y preparar actividades de oración y celebración en las festividades según el calendario litúrgico o las fiestas  propias.  Se  trata,   más bien,  de sembrar los valores evangélicos en el currículo, en la pedagogía, en las relaciones, en el ejercicio del poder, en las evaluaciones, en los criterios de selección y de permanencia.   Debemos trabajar  para que vayamos comprendiendo que la pastoral tiene que ver con la enseñanza de las materias, con el currículo propuesto y el oculto,  con las innovaciones tecnológicas,  con las actividades especiales, con la práctica del deporte, con las festividades escolares,  con la integración del personal, con las relaciones con la comunidad, con las jornadas de formación, con el clima y el ambiente escolar, con las normas y el reglamento escolar… Se trata de determinar qué actitudes, prácticas  y conductas resultan o no evangelizadoras y son o no coherentes con nuestros principios y proyectos.

Por lo general, todos los colegios católicos plantean en su proyecto educativo “una formación integral, a partir de la concepción cristiana o evangélica de la persona”.    Al objetivo general y común de toda educación de formar buenas personas y buenos ciudadanos, la educación católica añade “buenos cristianos”, es decir, que sean seguidores de Jesús en su misión de establecer el Reino de Paz, Justicia y Hermandad y se esfuercen por vivir sus valores. Se trata de incorporar al hoy tan trillado concepto de calidad, el que sean cristianos de calidad. Hoy entendemos que ser buen cristiano es algo más exigente que cumplir con ciertas prácticas religiosas y la recepción de los sacramentos, pues supone hacer nuestros los valores de Jesús y acompañarle en su misión de transformar el mundo o, en términos evangélicos,  construir el Reino, una sociedad justa y fraternal, con especial predilección por los pobres,  descartados y oprimidos. Jesús no vino a traernos una religión, sino una forma de vida. Seguir a Jesús es proseguir su misión hasta conseguir el Reino.

En definitiva, si queremos que la educación sea verdaderamente evangelizadora, debemos comenzar evangelizando la educación. Es decir, sembrando el evangelio en las estructuras de poder, en la pedagogía, en los procesos de formación, en la evaluación, en el trato y el ambiente, en las relaciones con la comunidad, y en la propia concepción de lo que entendemos por educar.

1-. Evangelizar el ejercicio del poder.  Se trata de nutrir la gerencia con un genuino liderazgo de servicio. Para el líder de servicio la prioridad mayor es servir a otros. Entiende el poder no como privilegio, sino como responsabilidad y compromiso.  Busca que su personal se sienta comprendido, motivado, ayudado. Porque conoce sus fortalezas y también sus debilidades, el líder de servicio se rodea de personas competentes y honestas, formando un equipo multidimensional de perfiles distintos que se complementen. A diferencia del liderazgo tradicional, que es un liderazgo jerárquico, el líder que sirve es el “primero entre iguales”. Es decir, el líder servidor ve a quienes lidera como compañeros a los que enseña y de quienes aprende. Por ello, el líder de servicio, es un gran formador de equipos. No dirige por decreto sino  que lidera buscando que cada quien haga lo que hace cada vez mejor. Funciona como lo hace el director de una orquesta o el entrenador de un equipo deportivo. Se esfuerza por sacar lo mejor de cada persona y brillando ellos, se logran los objetivos comunes.

 

2.-Evangelizar las relaciones: Del individuo al equipo.

Equipo directivo, equipo de educadores o comunicadores, que conciben la educación como un proyecto ético, que se esfuerzan cada día por ser mejores y hacer su tarea cada vez mejor. Por ello, viven en formación permanente, no para acumular currículo y considerarse superiores, sino para servir mejor, para realizar su labor cada vez mejor.  Educadores  y comunicadores que valoran su profesión, se sienten orgullosos de ella, y asumen con entusiasmo el propio carisma e  identidad, y reconocen en Jesús su modelo de Maestro. Por ello, tratan en todo de actuar como Jesús.

Equipos de alumnos de todo tipo: deportivos, culturales, científicos, de oración, teatro, música, investigación, servicio social…, con estilos y modos de actuar coherentes con el proyecto y la misión del centro, con tolerancia cero frente a las actitudes violentas u ofensivas.  En el centro o programa todos aprenden y aprenden de todos. Aprenden a competir consigo mismos, para poder compartir mejor, de modo que más que competitivos, todos se vayan volviendo cada vez más competentes, más conscientes, más cuidadosos, más compasivos y más comprometidos. En el centro no hay lugar ni para solitarios ni para insolidarios.

Alumnos capaces de asumir y analizar críticamente las nuevas tecnologías,  muy conscientes de sus potencialidades informativas, formativas y comunicativas, pero también de sus peligros, que pueden llevarles a la incomunicación, el aislamiento y la adicción, e incluso sumergirles en un mundo de antivalores.

Equipos de padres y representantes con planes de formación e integración de doble vía, la comunidad colabora con el centro y el centro colabora en resolver los problemas de la comunidad. Padres, representantes, comunidad y educadores dialogan permanentemente, trabajan y aprenden juntos, se comprometen a vivir en el centro y en la familia los valores propios del proyecto educativo. Se consideran aliados, que buscan las mismas metas y objetivos.

El centro se vincula y se “enreda” con la escuelas cercanas, con las organizaciones educativas, sociales, y comunitarias, que buscan objetivos semejantes y se liga a la problemática del entorno, del país y del mundo. Se preocupa y ocupa por la educación de calidad de todos los niños, jóvenes y adultos de la comunidad, del país y del mundo, lo que supone defensa de la educación pública y del derecho de todos a una educación de calidad.

 

3.-Evangelizar la pedagogía. De la enseñanza al aprendizaje. De la pedagogía reproductora a la pedagogia activa, colaborativa, crítica y creativa.

El derecho a la educación es derecho al aprendizaje. Los docentes enseñan, pero ¿qué aprenden los alumnos? ¿Para qué les sirve lo que aprenden? ¿Aprenden a aprender, a comprender y comprenderse, a emprender, a resolver problemas? ¿Provocamos  el hambre de aprender?

Para ello, necesitamos pasar de la pedagogía verbal, reproductora, a la pedagogía activa, del trabajo, del aprender haciendo y enseñar produciendo, que convierta las aulas en talleres de trabajo colaborativo, donde todos aprenden y aprenden de todos; aprenden a aprender, a comprender, a emprender y desaprender para reaprender de nuevo. Por ello, debemos privilegiar la pedagogía creativa y crítica. Crear es una expresión de amor a uno mismo y a los demás. Con maestros creativos tendremos alumnos creadores. Crearse a sí mismos para poder crear un mundo nuevo. La pedagogía creativa exige pasar de la respuesta a la pregunta, promover preguntas divergentes que tienen varias posibles respuestas, fomentar la curiosidad, la imaginación, que es clave para todo tipo de descubrimientos  e inventos.

Junto a la creatividad, la crítica. Frente a la colonización creciente de las mentes, los intentos de manipular nuestras vidas y conciencias, y la proliferación descarada y sin control de bulos, falsedades y mentiras, necesitamos promover  con insistencia la pedagogía crítica, tanto en la educación presencial como en la virtual. Pedagogía que nos ayude a comprendernos, comprender a los demás, comprender el país y comprender el mundo, para así poder contribuir a transformarlos. Es urgente que enseñemos a pensar, reflexionar, discernir, lo que supone esfuerzo, silencio, lectura y conversación con gente interesante. La pedagogía crítica necesita educadores que estimulen las preguntas (volver a Sócrates, Simón Rodríguez), la reflexión crítica sobre las preguntas, para superar el sinsentido de una educación que exige respuestas a preguntas que no interesan, Educadores que promuevan el análisis crítico de sus propias convicciones y las de los suyos, análisis de discursos, normas, propuestas, hechos y modos de vida, de las actitudes autoritarias y dogmáticas tanto en la realidad escolar como  de la problemática nacional y mundial que capaciten para reconstruir y reinventar el mundo. Educar es enseñar a pensar con libertad y a ser fieles a la propia conciencia; es enseñar a argumentar, a defender las propias ideas y respetar las de los demás. Pensar supone esfuerzo, silencio, reflexión, lectura y conversación con gente interesante.  Hoy, pensar con la propia cabeza, puede resultar peligroso. Por ello, tratan de manipular nuestras mentes para así  manejar nuestras vidas.

 

4.- Evangelizar los espacios y el ambiente.

El centro está bien dotado, incluyendo hoy los aparatos tecnológicos, la necesaria conectividad y la debida formación para su uso adecuado. El aspecto físico manifiesta cuidado, limpieza, cariño, creatividad, respeto y preocupación del colectivo. Los centros son sencillos pero bellos, lugares de vida, en los que realmente se vive, se aprende a vivir, convivir y vivir para los demás. Son también lugares seguros, de sanación, especies de posadas donde se curan las heridas, como decía el Papa Francisco, refiriéndose a la parábola del Buen Samaritano. Se cultiva el amor a la naturaleza, la conciencia ecológica, la fraternidad cósmica, la austeridad y el compartir.

Se respira un ambiente de motivación, comprensión, acogida,   convivencia, en el que se respetan las diferencias de género, raza, sociales,  culturales, de los modos y formas de aprender, y se asume la diversidad como riqueza. Valorar lo diferente y a los diferentes implica también tratar con cortesía, trabajar juntos, respetar, cuidar a los más débiles. Se evitan rumores, chismes, palabras descalificadoras y ofensivas. Se cultivan los detalles, las palabras que alientan, motivan y crean comunidad.  El centro  cuenta con normas claras, construidas con la participación de todos, aceptadas, consensuadas. Los reglamentos y normas están al servicio de los alumnos, de su aprendizaje y crecimiento, y en permanente revisión.

Se defienden los derechos de todos, especialmente de los más débiles y se practica la discriminación positiva, es decir, se atiende con especial esmero y dedicación a los alumnos con mayores problemas, carencias y dificultades. El centro se convierte en un lugar de acogida y cuidado,  de inclusión de los excluidos. En consecuencia, el centro educativo se esfuerza por garantizar a todos las condiciones necesarias (en alimentación, salud, recursos, útiles…) para garantizar el aprendizaje. La evaluación no es un mecanismo para clasificar o excluir, sino una cultura y una práctica incorporada con naturalidad a todo el proceso, para revisar y reorientar la planificación y ejecución, para enmendar los errores y superar los problemas, para conocer qué sabe cada alumno, qué dificultades tiene, y poderle brindar la ayuda que necesita. Evaluación de resultados sin olvidar los  procesos. Evaluación que, más que juzgar el pasado, prepara el futuro. Alumnos y educadores aprenden de la evaluación que se debe constituir en una ayuda tanto para el que enseña como para el que aprende. El error no se castiga, sino que se asume como una excelente oportunidad de aprendizaje.                               

 

5.- La educación evangelizadora tiene como objetivos  esenciales: Aprender a vivir, convivir y amar y servir. Formar personas plenas,  ciudadanos virtuosos  y cristianos con espíritu,  testigos y apóstoles del proyecto de Jesús

En estos días tan inciertos y difíciles, debemos  insistir en que el verdadero objetivo de  la educación, y en consecuencia la principal tarea de padres y educadores,  es enseñar  a vivir con autenticidad, a ser dueños  de la propia vida, para convertirla en don y servicio a los demás.

La vida es un don maravilloso que nos fue dado graciosamente, como el más sublime de los regalos. Nadie pudo elegir nacer o no nacer, ni tuvo la posibilidad de escoger su forma física, el color de sus  ojos, los tipos de su inteligencia.  Tampoco pudo seleccionar a sus padres, ni el país donde nacer, ni el tiempo o contexto histórico. Todos nacimos en una matriz cultural que marca lo que somos y hacemos, lo que pensamos y creemos. Somos hijos de una familia y de un país que debemos conocer, querer y servir. Somos únicos e irrepetibles, con una dignidad absoluta e irrenunciable, amados infinitamente por Dios, y debemos asumir la vida con asombro, agradecimiento y humildad.

Nos dieron la vida, pero no nos la dieron hecha. Los seres humanos somos creadores de nosotros mismos. La vida es un viaje y cada uno  decide  su destino. Podemos ir a la cumbre o al abismo. Podemos vivir dando vida o asfixiando la vida. Por ello coexisten los santos y los criminales, personas dispuestas  a matar y personas dispuestas a dar la vida por salvar a otros. Lamentablemente hoy son muy pocos los que se deciden a ser autores y actores de su vida; no viven, son vividos por los demás. Tienen pavor a entrar en su interioridad, que  es el lugar de las preguntas y los encuentros, de los miedos, las dudas y  las certezas.  Lo propio del ser humano es hacerse preguntas esenciales y enfrentarlas con sinceridad y responsabilidad. Sócrates decía que no merecía la pena una vida sin preguntas, pero  hoy la mayoría de las personas le tiene pavor a enfrentar el misterio de la existencia y asumir la vida como pregunta: ¿quién soy?, ¿qué hago en esta vida?,  ¿para qué vivo?, ¿cómo me  imagino realizado y feliz?  En qué debo mejorar y cambiar? ¿cómo concibo la muerte?, ¿cómo me preparo para ella?..

El viaje a la interioridad nunca equivale a  quedarse estancado en una especie de contemplación estéril o narcisista, ni tiene que ver con algún tipo de evasión o huida de la realidad, sino que es todo lo contrario: sólo si somos capaces de conocernos, valorarnos  y estar a gusto con nosotros mismos, podremos salir al encuentro con los demás.  La interioridad no es aislamiento, sino el viaje hacia uno mismo para salir de sí mismo.  La interioridad lejos de inducir a la soledad y a la nada, refuerza la comunión profunda y radical  con Dios y, desde El, la salida al encuentro con los demás, e incluso al encuentro respetuoso con todos los seres creados por Dios. “No corras, nos dirá   San Agustín,  que a donde tienes que llegar es a tu propio corazón. No salgas fuera de ti, no renuncies a ser tú mismo, no te distraigas asistiendo al espectáculo de vidas ajenas, no caigas en la redes de la frivolidad: ¿Dónde  vas? Vuelve a tu corazón”.

Enseñar a vivir plenamente es enseñar a ser libres. La tarea más importante de la vida debe ser la conquista de la libertad. Pero la libertad que es autonomía responsable y superación de caprichos y ataduras, se confunde,  cada vez más, con su contrario: la total dependencia, la esclavitud al mercado, los caprichos, las seducciones  o las órdenes. Hoy hace falta mucho valor para ser libre, para salirse del rebaño y levantarse del  egoísmo y la sumisión al vuelo valiente de la autonomía y el servicio. De ahí la necesidad de una educación,  que forme la voluntad y enseñe el coraje, la constancia, el vencimiento, la resiliencia, valores esenciales para ser libres.

En un mundo que cada vez más nos  llena de cadenas, la libertad debe traducirse en liberación, en lucha tenaz contra todas las formas de opresión y dominación. Sólo los libres podrán liberar pues donde  hay libertad hay disponibilidad para el servicio. Somos libres, en definitiva, para amar, para servir. Toda auténtica  vida humana es vida con los otros, es convivencia. La persona humana es imposible e impensable sin el otro. Como decía Albert Camus, “es imposible la felicidad a solas”.

 

6.-Competencias para la convivencia 

Para lograr una convivencia armónica, hay que garantizar las competencias esenciales que la posibiliten.

-Aprender a no agredir ni física, ni verbal, ni psicológicamente a nadie, requisito indispensable para la convivencia. La agresión es signo de debilidad moral e intelectual y la violencia es la más triste e inhumana ausencia de pensamiento. Hay que aprender a resolver las diferencias y los  conflictos mediante el diálogo y la negociación,  de modo que todos salgamos beneficiados de él, tratando de convertir la agresividad en fuerza positiva, fuerza para la creación y la cooperación y no para la destrucción. Valiente no es el que insulta, ofende o golpea, sino el que es capaz de dominar sus propias tendencias agresivas y las convierte en canales de encuentro y construcción de vida.

-Aprender a comunicarnos, a dialogar, a escuchar. El que cree que posee la verdad, no escucha, sino que trata de imponerla. Pero una verdad impuesta se convierte en mentira.  “La verdad les hará libres”, dijo Jesús. La verdad nos libera  de la prepotencia, de la soberbia, de pensar que los que no piensan como yo están en el error o son unos malvados. Una supuesta verdad que no libera sino que ofende e impide la convivencia, no puede ser verdadera. De ahí la importancia de poder  expresarnos  con libertad, aprender a argumentar y defender las propias convicciones sin agredir  al que las contradice. Una comunidad que aprende a conversar, aprende a convivir.

-Aprender a mirar con mirada contemplativa, fraternal y compasiva. Si cambiáramos la mirada, cambiaría el mundo.

-Aprender  a valorar y aceptar las diferencias políticas, sociales,  culturales, religiosas, de raza, de género,  sin convertirlas en desigualdades, y a considerar la diversidad como riqueza con una fidelidad inquebrantable a los derechos humanos.. Aprender a tratar con cortesía, a considerar los problemas como retos a resolver y no como excusas para ofender o culpar a otros.

– Aprender a trabajar con entusiasmo y responsabilidad, medio esencial para garantizar a todos condiciones de vida digna en vivienda, alimentación, salud,  educación, trabajo, recreación… Si gran parte de la población no cuenta con condiciones adecuadas de vida y apenas sobrevive, no será posible la convivencia..

-Aprender a cuidarse, a cuidar a los otros, a cuidar la naturaleza que no nos pertenece, sino que somos parte de ella, pues el ecocidio es una forma de suicidio. Aprender   a cuidar los bienes públicos que pertenecen a todos. Aprender a respetar y defender la Constitución que norma nuestros derechos y deberes. Aprender a combatir los dogmatismos, fundamentalismos, abusos  e intolerancia de quienes quieren imponer una única forma de pensar, de creer, de vivir. El fanatismo es odio a la inteligencia, miedo a la razón.

-Aprender a desarrollar la autonomía personal, la confianza, el respeto, la amabilidad, la responsabilidad, la cooperación y la solidaridad. En definitiva, sólo será posible convivir, es decir, vivir con los demás, si hay personas dispuestas a vivir para los demás, que entregan sus vidas a garantizar vida abundante y digna para todos.

 

7.-Vivir para amar y servir

Si Dios es amor y nos hizo a su imagen y semejanza, somos seres para amar. El sentido de la vida es el amor y sin amor la vida no tiene sentido. El  amor es fuente de alegría, de fuerza, de vitalidad.   Lo que nos define como personas, es la capacidad de amar, es decir,  de relacionarnos con los otros buscando su bien, su felicidad. Por ello,  sólo será posible convivir, es decir, vivir con los demás, si aprendemos a vivir para los demás.  Vivir como un regalo para los otros, vivir sirviendo siempre, vivir combatiendo todo tipo de dominación,  manipulación,  y explotación, es el medio privilegiado para encontrar la plenitud y la felicidad.

El amor no es un sentimiento, sino una decisión y un comportamiento. Amar es querer el bien para el otro, preocuparse y ocuparse por su bienestar, por su crecimiento, por su felicidad. Amar es enseñar a amar. Hay cuatro tipos de amor: Filia o amistad; storge o familiar; erótico o de pareja y ágape, amor de servicio, como nos enseñó Jesús. Por ello, nos propuso un mandamiento nuevo “Ámense los unos a los otros como yo les he amado”, es decir, con un amor que comprende, cura, libera, ayuda, sirve.

El amor  es el principio pedagógico esencial.  En educación es imposible ser efectivo sin ser afectivo. No es posible  calidad sin calidez. Ningún método, ninguna técnica, ningún currículo  puede reemplazar al afecto en educación. Cada educador debe amarse a sí mismo, amar su profesión, amar a los compañeros,  amar al centro educativo y amar a todos y cada uno de los alumnos.

Amor se escribe con “a” de  aceptación, atención, ayuda, apoyo, ánimo, aliento, alegría,  asombro, acompañamiento, amistad. El educador es un amigo que ayuda a cada alumno, especialmente a los más carentes y necesitados, a superarse, a crecer, a ser mejores.

Amar significa aceptar al alumno como es,  afirmar su valor y dignidad, más allá de si me cae bien o mal, de si lo encuentro simpático o antipático, de si es inteligente o lento  en su aprendizaje, de si se muestra interesado o desinteresado. El amor es también paciente y sabe esperar. Por eso, respeta los ritmos y modos de aprender de cada alumno y siempre está dispuesto a brindar una  nueva oportunidad. La educación es una siembra a largo plazo y no siempre se ven los frutos. De ahí que la paciencia se alimenta de esperanza, de una fe imperecedera en las posibilidades de superación de cada persona. La paciencia esperanzada impide el desánimo y la contaminación de esa cultura del pesimismo y la resignación que parecen haberse instalado en muchos centros educativos.

Para ser paciente, uno tiene que tener el corazón en paz. Sólo así será  capaz de comprender situaciones inesperadas o conductas inapropiadas, y podrá asumir los conflictos como oportunidades  para educar. La paciencia evita las agresiones, insultos o descalificaciones, tan comunes  cuando uno “pierde la paciencia”. El amor paciente no etiqueta a las personas, respeta siempre,  no guarda rencores, motiva y anima, no pierde nunca la esperanza.

Algunos, en vez de hablar de la pedagogía del amor, prefieren hablar de la pedagogía de la ternura para enfatizar ese arte de educar con cariño, con sensibilidad, para alimentar la autoestima, sanar las heridas  y superar los complejos de inferioridad o incapacidad. Es una pedagogía que evita herir, comparar, discriminar por motivos religiosos, raciales, físicos, políticos,  sociales o culturales.

La pedagogía del amor o  pedagogía de la ternura  es reconocimiento de diferencias, capacidad para comprender y tolerar, para dialogar y llegar a acuerdos, para soñar y reír, para enfrentar la adversidad y aprender de las derrotas y de los fracasos, tanto como de los aciertos y los éxitos. Por esto, ternura también es exigencia, compromiso, responsabilidad, rigor, cumplimiento, trabajo sistemático, dedicación y esfuerzo, crítica permanente y fraterna. En consecuencia, no promueve el dejar hacer, ni  el desorden o la indisciplina; por el contrario, promueve la formación del carácter y la construcción de normas de manera colectiva, que partan de las convicciones y sentimientos y que supongan la motivación necesaria para que se cumplan.

 

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