El efecto Pigmalión sostiene que las opiniones (positivas o negativas) que tiene el profesorado de cada estudiante influyen en su motivación, autoestima y resultados académicos. Proponemos algunas pautas para convertirlo en una herramienta pedagógica que impulse el aprendizaje de todo el alumnado.
El concepto y las expectativas que tenemos de los demás suelen condicionar nuestra forma de comportarnos con ellos, aunque sea de forma inconsciente. Y esto también produce un efecto en quienes tenemos enfrente, que puede ser negativo o positivo según lo que proyectemos sobre ellos. Esta es la premisa psicológica tras la que se esconde el efecto Pigmalión –también conocido como profecía autocumplida– y lo podemos reconocer en múltiples ámbitos de la vida, incluyendo el educativo. En este caso, la teoría sostiene que las creencias del profesorado sobre las capacidades de sus estudiantes pueden condicionar su rendimiento académico y su desarrollo personal.
El efecto Pigmalión en educación
El origen del término en educación se remonta a un experimento llevado a cabo por los investigadores Robert Rosenthal y Lenore Jacobson en 1968: eligieron varios alumnos al azar y comunicaron a sus docentes que tenían un ‘potencial de crecimiento’ especial. Meses después, esos estudiantes mostraron mejoras significativas. ¿La razón? Habían sido tratados de forma diferente al resto de compañeros, ya que sus expectativas sobre esos estudiantes habían cambiado.
Y no es necesario que se produzca un cambio radical o exagerado; muchas veces las expectativas se transmiten, según los expertos, de manera sutil a través de gestos, el tono de voz o decisiones cotidianas. Por ejemplo, si un docente cree que un alumno va a destacar tiende a darle más tiempo para responder, corregirlo con más paciencia, reforzar sus logros o, incluso, mirarle y sonreírle más. Por el contrario, cuando espera poco de él puede simplificar sus tareas, preguntarle menos y, en ocasiones, ignorarlo sin darse cuenta. El problema es que el alumnado percibe estas señales y en etapas como Primaria o Secundaria –donde el autoconcepto aún se está formando– puede interiorizar determinados mensajes como verdades, afectando a su autoestima, motivación y esfuerzo.

Convertir el efecto Pigmalión en un impulso positivo
Para evitar que este efecto repercuta de forma negativa y convertirlo en una herramienta pedagógica que potencie las capacidades de todo el alumnado, los psicólogos recomiendan trabajarlo de forma consciente. Cuando el profesorado recapacita sobre cómo influyen sus expectativas en la manera de enseñar y de relacionarse con sus alumnos, pueden transformar su mirada para impulsar el aprendizaje, la motivación y la confianza. Estas son algunas pautas para lograrlo:
Mantener expectativas altas, pero ajustadas a cada estudiante
Tener expectativas altas no significa exigir lo mismo a todos ni esperar resultados idénticos, sino confiar en que cada alumno puede avanzar, mejorar y desarrollar sus capacidades desde su punto de partida. Si el profesorado transmite esa confianza y plantea retos alcanzables (pero estimulantes), personaliza objetivos o celebra los progresos individuales, el alumnado percibe que se cree en él y suele implicarse más.
Revisar sesgos y prejuicios inconscientes
Los sesgos son atajos mentales que influyen en cómo interpretamos la conducta, la actitud o las capacidades de otras personas: en el aula pueden hacer que, sin querer, se espere menos de determinados estudiantes por su comportamiento, su expediente, su contexto familiar o incluso por cuestiones culturales o de género. Por eso, los especialistas aconsejan reflexionar sobre posibles prejuicios para evitar que condicionen la enseñanza y las oportunidades de aprendizaje.
Cuidar el lenguaje verbal y no verbal
El tono de voz, la mirada, la cercanía física, potenciar vínculos… Existen muchas maneras (verbales y no verbales) de transmitir expectativas al alumnado. Elogiar de forma personalizada o emplear frases motivadoras como “sé que puedes hacerlo”, “vas mejorando” o “inténtalo otra vez” generan seguridad y fomentan la perseverancia. Además, mantener el contacto visual, asentir y mostrar una actitud receptiva refuerza la confianza. Por el contrario, gestos de impaciencia, ironías o comparaciones constantes pueden minar la autoestima y reforzar una imagen negativa de uno mismo.
Ofrecer oportunidades reales de éxito
Diseñar situaciones diversas de aprendizaje en las que el alumnado pueda demostrar lo que sabe y avanzar progresivamente según su capacidad es fundamental. En este sentido, las metodologías activas, el aprendizaje cooperativo o las actividades multinivel permiten atender a la diversidad del aula y ofrecer distintas vías para alcanzar el éxito.
Reforzar el esfuerzo y el progreso
Cuando el reconocimiento se centra únicamente en las notas o en quienes destacan se refuerza la idea de que la capacidad es algo predefinido. Sin embargo, valorar el esfuerzo, la constancia, la mejora o la estrategia utilizada favorece una mentalidad de crecimiento. Ofrecer un feedback positivo relacionado con el proceso y no solo con el resultado transmite que el aprendizaje depende, en gran parte, del esfuerzo y de la práctica.
Favorecer la autonomía y la toma de decisiones
Confiar en el alumnado también implica darle margen para asumir responsabilidades, tomar decisiones y participar activamente en su aprendizaje. Por eso, es recomendable potenciar su sentido de utilidad y de pertenencia permitiendo que elija temas, formatos de trabajo o maneras de demostrar lo aprendido. Todo ello aumenta su implicación y compromiso al tiempo que refuerza su autonomía y su autoconfianza.
Consultado en: https://www.educaciontrespuntocero.com/noticias/efecto-pigmalion-educacion/ Fecha de consulta: 15/05/2025




