Hacia una economía verde… (Demo)

¿Cómo debería ser el desarrollo económico social en nuestro futuro más inmediato? ¿Qué condiciones socio económicas deberíamos conseguir? ¿En qué consiste un desarrollo auténtico hoy?

Partimos de una opción por él, por estar en favor del desarrollo. Lo damos por necesario, ya que creemos que crecer constituye nuestra dinámica más esencial. En todos los órdenes de la vida no querer progresar significa necesariamente retroceder, algo que sentimos como un mal. Así quedó recogido desde los comienzos en la tradición cristiana[1].

Ahora bien, compaginar social y políticamente esta pulsión natural no es fácil, y aquí radica una perenne fuente de problemas. En opinión del primer historiador, Tucídides, considerando el choque frontal entre Atenas y Esparta, la característica principal de la naturaleza humana es este inagotable deseo de crecimiento, que no puede ser limitado u opuesto, excepto por una fuerza igual y contraria. El crecimiento (αὔξησις, “áuxesis”), o la tendencia a aumentar el poder de uno, es el rasgo característico e indisoluble de la sociedad humana políticamente organizada. En consecuencia, cuando, dentro de un territorio geográficamente circunscrito, se forman dos centros de poderes, es seguro que estas dos entidades tenderán a aumentar su fuerza, a expandirse, a someter a las ciudades más débiles, y que las esferas recíprocas de influencia entren inevitablemente en conflicto[2].

Dimensión económica del desarrollo

En el desarrollo del hombre el componente económico es decisivo, ya que las correlaciones entre el crecimiento económico y las posibilidades de un desarrollo integral del hombre son obvias, y la evidencia apabullante[3].

Hoy consideramos el crecimiento económico como un objetivo ineludible y accesible, y creemos que el auténtico fracaso es no crecer o crecer poco. Es esta la perspectiva que adoptamos para juzgar el papel del euro (¿posibilita la recuperación económica de toda EU?) o los últimos datos de la producción agregada de un país como Italia. Pero el desarrollo (y en él, el crecimiento económico), que hoy es una gran necesidad en este mundo en el qué tantos hombres no tienen qué llevarse a la boca, no ha sido una realidad constante en la historia, sino más bien una excepción.

El crecimiento económico en la historia

El desarrollo es la gran novedad en la historia del hombre. Aquí se hace necesario citar el texto clásico de J. M. Keynes: «Desde los primeros tiempos de los que tenemos documentación, por ejemplo, desde 2000 antes de Cristo, hasta principios del siglo XVIII, no hubo cambios significativos en el nivel de vida del individuo promedio que vivía en los centros civilizados de la Tierra. […] Este progreso muy lento, o falta de progreso, se debió a dos razones: la ausencia de innovaciones técnicas importantes y la falta de acumulación de capital. […] Casi todo lo que realmente importa y que el mundo poseía al comienzo de la era moderna ya era conocido por los hombres en los albores de la historia. Idioma, fuego, los mismos animales domesticados que tenemos hoy. Trigo, cebada, la vid y el olivo, el arado, la rueda, el remo, la vela, el cuero, la ropa de lino, los ladrillos y las ollas, el oro y la plata, el cobre, el estaño y el plomo – y antes del año 1000 a. C. – se agrega a la lista el hierro, actividades bancarias, arte de gobierno, matemática, astronomía y religiones»[4].

La aparición del crecimiento económico moderno reflejó la convergencia excepcional de diversos factores en Inglaterra. En este país, en los siglos XVII y XVIII, se dieron conjuntamente muchas innovaciones sociales y técnicas. Primero, la productividad agrícola comenzó a aumentar, al igual que la urbanización y el comercio. Una economía de mercado más sofisticada comenzó a afirmarse; los derechos de propiedad se volvieron más complejos y flexibles al establecer nuevas empresas o proteger patentes sobre nuevos descubrimientos. Se fortaleció el principio de legalidad, y se produjo toda una revolución científica.

El filósofo Francis Bacon ya había afirmado que la ciencia y la tecnología transformarían profundamente el mundo en beneficio de la humanidad. Genios como Thomas Newcomen y James Watt crearon la máquina de vapor, que funcionaba en base a carbón y hierro, creando condiciones de transporte favorables. A partir de este momento, las diferentes fases de progreso tecnológico han configurado el mundo moderno[5].

Sin embargo, la Revolución Industrial hizo que las diferencias en los niveles de vida ya existentes se agrandaran. Europa gozaba de un nivel de renta 3 veces superior al de África en 1820; pero en el 1998 era 20 veces mayor[6]. Es el auge de la divergencia: Crecer o no crecer significa situarse a niveles de bienestar muy altos o muy bajos.

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Fernando de la Iglesia Viguiristi, SJ
Docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Gregoriana.

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[1] El origen del adagio se encuentra en La vida de San Antonio, escrita por San Atanasio. Fue San Bernardo quien lo acuñó para siempre: Nolle proficere, deficere est
[2] Cfr Tucídides, La guerra del Peloponeso, Alianza, 2014.
[3] Para una acertada justificación de esta afirmación, cfr L. Boggio – G. Seravalli, Lo sviluppo economico, Bologna, Il Mulino, 2015, 55: «El resultado es que el nivel de desarrollo humano puede ser captado adecuadamente considerando solo dos dimensiones: el nivel de ingreso per cápita y su distribución. Ello no vuelve inútil el largo trabajo realizado para definir y calcular toda una serie de diversos índices de desarrollo humano. De hecho, esta conclusión es posible gracias a ese trabajo» (traducción nuestra).
[4] J. M. Keynes, «Economic Possibilities for our Grandchildren», en Id., Essays in Persuasion, New York, W. W. Norton & Company, 1962. Disponible en www. econ.yale.edu/smith/econ116a/keynes1.pdf, 2.
[5] Cfr J. Sachs La era del desarrollo sostenible, Barcelona, Deusto, 2015.
[6] Cfr A. Madisson, The World Economy: A Millenium Perspective, Paris, OCDE, 2001.  

Autor: Jesuitas Latinoamérica
Publicado por: jesuitas.lat
Fecha de consulta: 07/09/2021

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