DESDE LA ZONA CERO DEL CAMBIO CLIMÁTICO

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La pandemia ha traído consecuencias graves en la socialización, especialmente en niños y jóvenes en Latinoamérica. Esto se refleja en un aumento de conductas impropias en espacios que se consideraban, hasta hace algunos años, seguros. Uno de ellos es la escuela.

Diariamente somos testigos de situaciones que afectan la sana convivencia y vemos cómo la violencia se apodera de nuestras comunidades educativas. Por esta razón, ya no sorprenden las cifras del Tercer Reporte de la Encuesta Nacional de Monitoreo Educacional en Pandemia en Chile, donde se mostró que la violencia por parte de estudiantes es la principal preocupación de los directores de establecimientos educacionales hoy en día. Se trata de un estudio de la Escuela de Gobierno UC, el Instituto de Sociología UC y el CIAE de la Universidad de Chile, en colaboración con el Centro de Estudios del Ministerio de Educación, donde participaron 1.231 establecimientos educativos (equivalentes al 14% del universo total, de similares características y distribución en Chile).

Los tres temas más destacados revelados en el informe fueron: la  violencia;  el ausentismo de  docentes y/o equipos profesionales (debido, por ejemplo, a licencias médicas o renuncias) y el rezago en lectura. Un  48% de los encuestados indicó que la violencia está peor que antes de la pandemia y el 79% de los directores y directoras en la muestra percibe un deterioro en la salud mental de sus estudiantes, siendo más preponderante en los cursos de enseñanza media (83%).

Estos datos reflejan que la violencia no es un fenómeno aislado, que impacta en los aprendizajes, en la vinculación entre pares y que provoca un profundo daño socioemocional en las escuelas.

¿Cómo mitigar este panorama tan desalentador? La respuesta está en la lectura.

Las emociones guían la vida de todos los individuos, por lo que aprender a reconocer y gestionar emociones como la ira, el enojo, la frustración y la tristeza es clave.

La razón principal de la violencia es la incapacidad de poder autorregular las diferentes emociones. Para lograr gestionarlas  es fundamental pasar por procesos que nos ayuden a reconocer, aceptar, observar y descifrar lo que estamos sintiendo; ponerle nombre a las emociones es el principio de dicho proceso La lectura es la actividad clave para el enriquecimiento del vocabulario y por lo tanto, una gran ayuda para el  reconocimiento e identificación de las emociones con todos sus matices. Contar con habilidades para poner en palabras los sentimientos ayuda a descargar tensión, encontrar calma y plantearnos nuevos puntos de vista sin llegar a acciones violentas.

La neurociencia demuestra que la lectura propicia la reflexión y estimula la actividad cerebral, modelando el comportamiento y estimulando la creatividad e imaginación. Por medio de la lectura podemos desarrollar la empatía, aprender a identificar sentimientos propios y motivar relaciones sanas entre pares. Por medio de los libros y los cuentos  los niños observan cómo los personajes atraviesan emociones similares a las que ellos mismos experimentan en la vida real. Al leer y escuchar historias que hablen sobre las emociones, interacción con amigos, familiares y formas de superar situaciones difíciles, los estudiantes pueden ir modelando su comportamiento y potenciando sus habilidades socioemocionales.

Para mitigar la violencia en las escuelas es de suma relevancia realizar lecturas que aborden habilidades sociales e interacción con otros, empatía, motivación, conciencia de sí mismo y sobre todo lecturas que invitan a la autorregulación. Estos cinco ejes son capacidades esenciales de la inteligencia emo

A finales de 2015, mientras decenas de líderes mundiales firmaban el Acuerdo de París, Valerio Rojas, un pescador de Untavi, en el altiplano boliviano, buscaba transporte para llegar a la capital de su departamento, Oruro. Quería alertar de que el lago del que vivía su comunidad había desaparecido. El fenómeno, que los expertos atribuyeron a una mezcla de un ciclo natural con los efectos del cambio climático y la mano del hombre, había hecho migrar al 80% de sus vecinos, según denunció entonces el líder comunitario en el periódico local. A más de 4.000 kilómetros de distancia, en una aldea de Jocotán, en el corredor seco de Guatemala, un agricultor llamado Joaquín Gutiérrez se preparaba para migrar a Estados Unidos. El cambio en los patrones de lluvias estaba acabando de secar las tierras que habían dado de comer a su familia durante generaciones y él había decidido tirar la toalla.

Lejos de las negociaciones en la capital francesa donde se buscaba el acuerdo para mitigar los efectos del cambio climático pensando en el futuro, los dos hombres estaban sufriendo sus efectos en presente. Como ellos, miles de latinoamericanos llevan años teniendo que tomar decisiones para tratar de adaptarse a sequías que convierten tierras fértiles en desiertos, huracanes cada vez más potentes que desplazan comunidades, costas engullidas por el mar o especies que se extinguen.

Aunque la región es responsable de menos del 10% de las emisiones contaminantes a nivel global, es una de las que más sufre los efectos del calentamiento global. “La contribución es muy pequeña y lo más importante es que estas emisiones no proceden del uso de combustibles fósiles, que es el gran debate, sino más bien de sectores que para el planeta y la región son muy importantes como son el agropecuario y la silvicultura, el sector forestal”, explica Alicia Montalvo, gerente de Acción Climática y Biodiversidad Positiva de CAF-banco de desarrollo de América Latina. Para la experta, en la región existe un “círculo vicioso”: la agricultura es el sector que más sufre la escasez del agua y el deterioro de los ecosistemas, pero el cambio climático también está extendiendo la frontera agrícola, lo que genera más emisiones derivadas de la tala de los bosques o de metano, en el caso de la ganadería.

Además, apunta, los efectos del calentamiento global se cruzan con la vulnerabilidad económica en la región más desigual del planeta. “No podemos negar que, frente a los desastres naturales que se están produciendo con mayor frecuencia, las infraestructuras no están preparadas y la gente no tiene recursos para enfrentarlos”, reconoce Montalvo. Ese fue el caso de la familia de Valerio Rojas. Más de seis años después de que el pescador denunciara la desaparición del lago Poopó, una buena temporada de lluvias ha devuelto el agua a sus cuencas, pero no los peces de los que vivían. Él migró y encontró trabajo como obrero, según cuenta su esposa Cristina Mamani, quien tuvo que irse a otra ciudad, a ganarse la vida con la venta de ropa usada.

El destino de Joaquín Gutiérrez en Guatemala fue diametralmente opuesto, y el contraste entre ambos casos ilumina la diferencia que puede hacer la existencia de alternativas frente a los efectos de la crisis ambiental. El campesino no consiguió migrar a Estados Unidos, pero pudo acceder a un programa de ayuda para adaptar sus cultivos al cambio climático. Gracias a técnicas de adaptación de suelos y cultivos para retener la humedad, ha convertido sus tierras casi desérticas en una huerta llena de plantas y árboles frutales, además de los granos tradicionales como el maíz y frijol. Ahora es un ejemplo para sus vecinos y una muestra de que la mitigación es posible incluso en las condiciones más adversas.

La biodiversidad y los recursos naturales serán claves en la capacidad de América Latina para revertir los efectos del cambio climático. Alicia Montalvo recuerda que la región cuenta con casi el 60% de los bosques primarios del mundo —los que no han sido reforestados— que tienen la capacidad de absorber 104 gigatoneladas de carbono, el doble de las emisiones globales anuales. Para la funcionaria de CAF, la potencia verde latinoamericana y caribeña aún no se ha puesto en valor en el debate internacional. En ese cambio de paradigma, propone poner el foco, además, en temas como la economía azul —la capacidad de corales y manglares de absorción de carbono— o la puesta en valor de los ecosistemas marinos y costeros para el turismo sostenible.

En las costas de Ecuador, uno de los países más biodiversos del mundo, trabaja Cristian Intriago, un joven de 25 años que lidera un proyecto de conservación y monitoreo de nidos de tortugas en Puerto Cabuyal. Hasta allí llegan cuatro de las cinco especies de estos animales que transitan Latinoamérica, la mayoría en riesgo de extinción. Su trabajo: involucrar a las generaciones futuras en la tarea de conservar y reducir las amenazas a las que están sometidas. Al sur de Ciudad de México, la apicultora Sandra Corales lleva adelante una misión similar para recuperar las abejas, fundamentales para el ecosistema pero cada vez más acorraladas por el uso intensivo de agroquímicos. También ella dedica parte de su esfuerzo a generar conciencia en los más jóvenes, pero trabaja en tiempo presente, porque es posible hacer cambios desde ahora.

Estas historias corresponden al lanzamiento de ‘Desde la zona cero’, una serie por la que latinoamericanos cuentan en primera persona cómo les afecta el cambio climático y cómo tratan de adaptarse a él.

BOLIVIA

“Lo único que quiero es que volvamos a pescar a nuestro lago” >

Cristina Mamani y su familia eran pescadores. Tuvieron que migrar después de que el lago Poopó se secara y acabara con los peces de los que vivían.

Lago
Abeja

MÉXICO

“Las abejas sobreviven mejor en la ciudad que en los campos actuales” >

La apicultora Sandra Corales trabaja en la recuperación de colmenas de Xochimilco, a un costado de la Ciudad de México. El uso intensivo de pesticidas ha reducido al mínimo las zonas de recolección de néctar impactando de forma dramática a estos insectos.

ECUADOR

“Me da miedo dejar de ver tortugas en mi playa” >

Cristian Intriago lidera un proyecto de conservación de nidos de estos reptiles en Puerto Cabuyal, Ecuador. La mayoría está en riesgo de extinción.

Caparazón de niños
Corredor seco

GUATEMALA

“Mi parcela parecía un desierto” >

Joaquín Gutiérrez convirtió sus tierras casi desérticas en el corredor seco de Guatemala en una huerta frondosa. Ahora es un ejemplo para sus vecinos y una muestra de que el cambio climático sí se puede mitigar.

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Autor: LORENA ARROYO, JOSÉ PABLO CRIALES,  JACOBO GARCÍA Y NOOR MAHTANI
Publicado por: elpais.com
Fecha de consulta: 10/08/2022